El 7 de abril se conmemora el Día Mundial de la Salud, una fecha establecida en 1948 coincidiendo con la creación de la Organización Mundial de la Salud, para recordar la importancia de la salud y la necesidad de garantizar el acceso universal y equitativo a los servicios sanitarios, un objetivo que décadas después sigue sin estar plenamente garantizado.

En este contexto conviene recordar algo que a menudo se intenta ocultar y es que la salud no depende solo de los avances médicos ni de la tecnología, sino de las condiciones en las que viven las personas, de las decisiones políticas y del modelo de sociedad que construimos.

No puede hablarse seriamente de salud en un mundo atravesado por guerras, conflictos armados, bloqueos y violencia. Allí donde se comenten estas atrocidades desaparecen los sistemas sanitarios, se destruyen hospitales, se interrumpen los tratamientos y se condena a millones de personas a la enfermedad, al sufrimiento y a la muerte. Pero incluso más allá de sus efectos inmediatos, se deterioran las condiciones de vida durante generaciones.

Lo estamos viendo hoy de forma dramática en Ucrania y Oriente Medio, lugares como Palestina donde sufren un genocidio, donde la destrucción del sistema sanitario y el ataque a la población civil han generado una crisis humanitaria de enormes dimensiones, habiendo más de 14 millones de personas refugiadas afectadas en toda la región.

Y lo sufren también en otros contextos menos visibles mediáticamente, donde las sanciones económicas y los bloqueos prolongados, como el que sufre Cuba desde hace décadas, limitan gravemente el acceso a medicamentos, tecnología sanitaria y recursos básicos, afectando directamente a la salud de la población.

Por eso, no es una exageración afirmar que sin paz no hay salud.

Tampoco puede hablarse de salud sin ciencia. El conocimiento científico ha permitido avances decisivos en la prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades. Sin embargo, conviene no olvidar que la ciencia, por sí sola, no garantiza el derecho a la salud. Cuando se subordina a intereses económicos o se orienta prioritariamente al beneficio, sus resultados dejan de responder a las necesidades reales de la población. La ciencia necesita políticas públicas, financiación suficiente y estructuras que permitan que sus beneficios lleguen a todas las personas y no solo a quienes pueden pagarlos.

Y ahí es donde cobra todo su sentido la defensa de los sistemas sanitarios públicos y la importancia de fortalecer los mismos.

Porque sin servicios públicos sólidos, universales y bien financiados, la salud se convierte en un bien de mercado y, como ocurre siempre en estos casos, termina generando desigualdades e inequidades. Lo que estamos viendo desde hace años respecto al deterioro del sistema sanitario es el resultado de decisiones políticas que han favorecido la infrafinanciación, el debilitamiento de la Atención Primaria, el abandono de la Salud Pública y el crecimiento de la privatización.

Las consecuencias son bien conocidas como el aumento de las listas de espera, dificultades de acceso, fragmentación de la atención y un incremento de las inequidades en salud. Porque la enfermedad no afecta a todas las personas por igual, y las condiciones sociales siguen siendo el principal determinante de la salud. Cuando se debilita lo público, quienes más lo necesitan son quienes más pierden.

Frente a esta situación, resulta imprescindible recuperar una idea básica que nunca debió ponerse en cuestión y es que la salud es un derecho, no una mercancía. Como tal, debe garantizarse desde lo público, con financiación suficiente, con planificación y con criterios basados en la evidencia científica y en las necesidades de la población, no en la rentabilidad económica.

Defender la sanidad pública es una cuestión democrática. Tiene que ver con el tipo de sociedad en la que queremos vivir, con la igualdad de oportunidades y con la cohesión social. Tiene que ver, en definitiva, con la dignidad de las personas.

En un momento como el actual, atravesado por la creciente desigualdad, la crisis climática, los conflictos armados y la desinformación, la defensa de la salud exige más que nunca una apuesta clara por la paz, por la ciencia y por los servicios públicos. Todo lo demás es, en el fondo, secundario.

 

FEDERACIÓN DE ASOCIACIONES PARA LA DEFENSA DE LA SANIDAD PÚBLICA

 

7 de abril de 2026


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